La forma de Pasado y presente tiene dos funciones, traer el pasado al presente (recuperar el idilio perdido) y mutar a su audiencia para representar el movimiento de la audiencia desde el presente hacia un futuro que recupera el pasado. Pasado y presente no analiza simplemente la condición de Inglaterra, sino que escenifica tal situación retratando las diversas facciones que conforman la sociedad inglesa de un modo similar a como La Revolución francesa había dramatizado las voces de los partidos en conflicto. Mediante el diálogo entre el autor profético y las facciones que dividen la sociedad inglesa, Carlyle imagina la conversión de sus contemporáneos y la emergencia de una nueva era. Para plasmar el desplazamiento de la audiencia desde el presente hasta el futuro, divide Pasado y presente en visiones de cómo un “antiguo monje” restauró en el pasado un monasterio idílico, un examen sobre las condiciones que “El trabajador moderno” ha de enfrentar en el presente, y un “Horóscopo” del futuro. En el proceso, Pasado y presente transforma la épica en mito [106/107] o el texto en épica como nación fértil, lo cual le permite visualizar la recuperación del idilio perdido pero también introducir el autoritarismo que predominaría en Panfletos de nuestros días y en Federico el grande.

Una nueva voz que refleja el fortalecido sentido de autoridad en Carlyle domina los diálogos de Pasado y presente. Ni el editor de Sartor Resartus ni Teufelsdröckh se atreven a afirmar que lo que dice es “un mensaje de Dios”, que “Es un hecho, hablando nuevamente, a través de una voz milagrosa y atronadora que procede del centro del mundo”. Como el profeta, este hablante alega portar un “mensaje de Dios” y amenaza con el castigo divino: “¡Presta atención! ¡Crecerás en sabiduría o morirás!” (34). Por primera vez, el personaje del narrador carlyleano asume plenamente el papel del profeta que puede hablar con una autoridad transcendental sobre los “hechos”, la “naturaleza”, “el universo”, la “ley eterna de la naturaleza”, “los cielos” o “el Dios supremo” (34; 160-61, 184, 187; 182, 217; 221; 269; 279, 281).

El narrador profético de Pasado y presente se dirige a su audiencia como si estuviera pronunciando un sermón. El narrador de Cartismo había constituido una variación sobre la voz editorial de las reseñas políticas para las cuales Carlyle lo había destinado originalmente. Su tono dominante es el de la voz incorpórea de la razón más que el Carlyle especialmente característico:

Un ingenioso hombre de Estado dijo que se podría demostrar cualquier cosa con cifras. Hemos examinado, y no precisamente unos cuantos, diversos trabajos estadísticos, informes estadísticos sobre la sociedad, informes sobre la ley para pobres, memorias y panfletos con una mirada diligente para ver esta cuestión de las clases trabajadoras y de su condición general en Inglaterra. Nos duele decir que no hemos obtenido ningún resultado [CME, 4: 124].

Típicamente, este hablante no se dirige a su audiencia como si la estuviera directamente hablando, sino que el narrador de Pasado y presente, buscando una relación inmediata con los miembros de su audiencia, los apela como “hermanos”:

¡Oh, hermano! ¿Puede servir de algo ahora, en esta época tardía de la experiencia, tras dieciochos siglos de predicación cristiana por una parte, el recordarte tal hecho, que todo tipo de mahometanos, antiguos paganos romanos, judíos, los escitas y los paganos griegos… han logrado investigar en un momento determinado?; aún más aquello sobre lo que tú mismo, hasta que la 'burocracia' estranguló tu vida interior, tuviste alguna vez algún vislumbre: que la justicia existe aquí abajo, y que incluso, en el fondo, “¡no hay nada más salvo la justicia!” [14]

La dicción arcaica del pasaje (con sus ecos sobre la Biblia del rey Jaime) no es el lenguaje de la reseña política respetable sino el del púlpito. Pasado y presente [107/108] no dirige su llamamiento a los miembros del parlamento sino que busca un electorado más amplio de lectores de la clase media y alta, para muchos de los cuales el discurso ético de la Biblia seguía siendo tan poderoso como el discurso de la economía política.

Pero aunque Carlyle vocifera como un profeta, no desea aislarse de su congregación como Irving había hecho, y así, imagina los diálogos entre él mismo y su audiencia. Como en La Revolución francesa, donde representó las voces en conflicto de las facciones revolucionarias, crea un abanico de personajes, personificaciones y caracteres tipológicos que representan todas las facetas del debate sobre el estado de Inglaterra. Pero, mientras que en La Revolución francesa, sólo podía apostrofar a los actores históricos cuyas acciones ya estaban fijas en el pasado, en Pasado y presente esperaba modelar las acciones futuras de su audiencia. Esto le permitió organizar Pasado y presente como una narrativa dialéctica a través de la cual forja a su audiencia como una nueva clase, responsable de la salvación de Inglaterra. Además de adoptar el papel del profeta, se representa a sí mismo como a un observador con una perspectiva única, pero no necesariamente trascendental: como Diógenes Teufelsdröckh, Gottfried Sauerteig, un turista pintoresco que visita el taller de San Ives (workhouse), y como un periodista para el Houndsditch Indicator. Alineado frente a él están el salchichero Bobus Higgins de Houndsclitch, el propietario del Castillo-Rackrent, la firma industrial de Plugsn, Hunks y Compañía en San Dolly Undershot, Pandarus Dogdraught, Aristides Rigmarole, señor del partido destructivo, el honorable Alcides Dolittle del partido conservador, el negro Quashee, Haiti Duque de Mermelada, el comerciante Sam Slick, Mecxnas Twiddledee, y los editores continentales de los periódicos Blusterowski, Colacorde y compañía. El uso de la discusión dramática por parte de Carlyle sugiere que su audiencia no es coaccionada por un poder superior, sino persuadida por las verdades que él les revela. Estos diálogos constituyen una metanarrativa en la que los lectores de Carlyle, inicialmente sus adversarios, llegan finalmente a comprenderlo y a creer en él, fundiéndose el narrador y la audiencia en la visión concluyente de la unión social.

En el primer libro de Pasado y presente, titulado “Proemio”, Carlyle lee los símbolos y signos de los tiempos con el fin de crear una estructura mítica para su análisis sobre la condición de Inglaterra. Como en La Revolución francesa, los títulos de los capítulos (“Midas”, “La esfinge”, “La insurrección de Manchester”, “La pastilla de Morrison”, y así sucesivamente), enfatizan la interpretación simbólica más que la investigación sistemática. El párrafo inicial [108/109], por ejemplo, elabora el mismo argumento que el párrafo inicial de Cartismo, pero mientras que Cartismo simplemente constata una tesis y la redacta analíticamente, Pasado y presente la elabora míticamente comparando Inglaterra con Midas, “lleno de riqueza… sin embargo… muriendo de inanición” (7). Además, centrándose en la pérdida repentina de la “abundancia inagotable”, Carlyle no sólo comienza a crear una visión de los problemas que acosan a Inglaterra, sino que pronostica la resolución por medio de la cual la prosperidad será restaurada. Desde el punto de partida, Pasado y presente promete usar la visión de la “copiosidad” pasada para imaginar un futuro rebosante.

En la primera parte del primer libro, Carlyle representa a su audiencia como “vagos lectores de periódicos” que podrían malinterpretar los signos de los tiempos, pero está más interesado en demostrar una lectura correcta que en atacar a su audiencia por su naturaleza obtusa (9). Para ilustrar a su audiencia sobre la condición de Inglaterra, intenta dar voz a la muda clase trabajadora, lo que las acciones de los trabajadores en huelga en Manchester y lo que la madre y el padre de Stockport que asesinaron a sus hijos para poder recaudar el seguro del entierro “piensan e insinúan” (10). El debate comienza cuando la audiencia de Carlyle pregunta como respuesta a su afirmación de que la clase trabajadora está exigiendo actuaciones por parte de ella: “¿Qué podemos hacer, que querrías que hiciéramos?” (28). Los capítulos conclusivos del primer libro elaboran su contestación a esta pregunta mediante diálogos entre sus avatares y los representantes de su audiencia. A través de la creación del ignorante “Bobus Higgins, salchichero a gran escala”, una caricatura cómica de los elementos más fatuos de la clase media, es capaz de atacar sus estrechas miras sobre la reforma social mientras evita una embestida personal contra sus lectores (35). Además, articulando esta agresión mediante sus avatares ficticios, Gottfried Sauerteig y un periodista de Houndsditch Indicator, Carlyle soslaya la impresión de estar juzgando al mismo Bobus. Esta estrategia le permite concordar en su propia voz la exigencia de Bobus de una “aristocracia con talento” mientras amplía la reivindicación para abarcar una reforma revolucionaria, “una alteración radical y universal de vuestro régimen y modo de vida” (28; véase 41; Landow, Elegantes Jeremíadas//Elegant Jeremiahs, 53-62). La creación de una aristocracia con talento no significará el establecimiento de una meritocracia que atienda mejor a la clase media de Bobus, sugiere, sino una transformación de los seguidores de Bobus de Houndsditch en un “mundo repleto de héroes”. A la pregunta del lector, “¿Qué podemos hacer?”, su respuesta definitiva es que debemos convertirnos en “adoradores de héroes”; debemos descubrir un héroe que nos conduzca a la tierra prometida [109/110].

El libro segundo, “El anciano monje”, representa una transformación revolucionaria semejante a la forjada por el heroico abad Sansón. El monasterio de Sansón del siglo XII, como la sociedad inglesa del siglo XIX, había perdido de vista sus ideales originales y caído en decadencia. La narrativa de “El anciano monje” plasma la recuperación del idilio perdido establecido por los ideales de San Edmundo tres siglos antes de la llegada de Sansón, la narrativa circular familiar del viaje desde el idilio hasta el exilio y vuelta atrás. Esta secuencia narrativa es, a su vez, el modelo para la secuencia de los libros segundo y cuarto. A partir de la historia del abad Sansón, Carlyle modela una visión de héroes que pueden reformar su propia sociedad, o por lo menos quizá sus fábricas, igual que Sansón había arreglado su monasterio del siglo XII. La intención de Carlyle de devolver a Cromwell la vida durante el siglo XIX se revela a sí misma en la escenificación que Carlyle hace de Sansón como héroe. Consideraba a Cromwell y a Sansón como a hombres parecidos y si sus primeros escritos sobre Sansón aparecieron en las páginas de sus manuscritos acerca de Cromwell, éste apareció a lo largo de Pasado y presente. Las revoluciones de Sansón y de Cromwell, a diferencia de La Revolución francesa, mutan la sociedad desde arriba más que desde abajo, imprimiendo el cambio en dirección hacia abajo a través de la jerarquía establecida. Sansón no es en sí mismo un monarca, pero como rey, no es elegido popularmente. Además, su nombramiento lo autoriza el rey que juega un papel fundamental a la hora de seleccionarlo para residir en la cumbre de la jerarquía del monasterio. El restablecimiento de la estratificación monástica permite a Sansón remozar y revitalizar el monasterio.

El libro tercero, “El trabajador moderno”, representa la anarquía del presente por medio de diálogos contenciosos entre el narrador y sus contemporáneos. La forma del diálogo no desempeña una función importante en el libro segundo, presumiblemente porque a los monjes, aunque no les gusta todo lo que Sansón hace, comparten un sistema común de creencias y por consiguiente, no tienen necesidad de discutir los unos con los otros. La secuencia de idilio/exilio/idilio se convierte en la secuencia del silencio (no es preciso el diálogo)/discurso y diálogo/silencio. El ejemplo del libro segundo sugiere que los diálogos del libro tercero tienen como meta en el fondo desplazarse desde el conflicto hasta la unidad, desde el discurso hasta el silencio del libro cuarto. Debido a que Carlyle utiliza los diálogos del libro tercero para desarrollar su crítica sobre la democracia liberal, no pretende ser imparcial en su plasmación de la oposición. Los portavoces de la aristocracia y de la clase media, por ejemplo, exponen las debilidades de sus posturas en el proceso de defenderlas y las voces trascendentales de la “Naturaleza” y de la “Ley” se encargan prontamente de refutarlas [110/111] (e.g., 17273, 193, 214). Simultáneamente, debido a que la audiencia de Carlyle no posee la visión para comprender el aprieto de Inglaterra, permanece polarizada en contra de él, reticente a aceptar las soluciones que ofrece. Durante todo el libro tercero, esta tensión entre el narrador y la audiencia continúa inalterable y parece ser irremediable. En Cartismo esta situación socavó los conatos de Carlyle por imaginar el futuro; la ignorancia de su audiencia sólo podía conducir a una mayor ignorancia, a una mayor anarquía. La forma de Pasado y presente le posibilita sin embargo confinar la anarquía actual al libro tercero para que no contamine su representación del pasado o del futuro.

El análisis de Carlyle sobre la condición de Inglaterra difiere también del efectuado en Cartismo, centrándose aquí en el vacío ético creado por la destrucción de la fe religiosa. En el núcleo del mundo medieval del abad Sansón se localiza la convicción religiosa que forma la base del orden social. En el epicentro de su propio mundo, Carlyle encuentra la negación de las creencias y a la negación de éstas le sigue la negación del orden social. Retrata la anarquía de las instituciones democráticas políticas y la irresponsabilidad de la economía del laissez-faire, junto con el Ateísmo, como ausencias o refutaciones que imposibilitan el orden social. Más que criticar la democracia de la clase media en sus mismos términos, Carlyle insiste en que la democracia es el producto del “Ateísmo” que ha dominado al gobierno inglés desde la Restauración de 1660 (140-43, 149, 16q). Asimismo, argumenta que la reducción de las relaciones humanas al intercambio monetario de la economía del laissez-faire (laissez-faire economics) es “análoga al Ateísmo” (Atheism), hallando el “corazón del Ateísmo”, por ejemplo, en el símbolo huero del “enorme sombrero de lata y cemento” ("huge lath-and- plaster hat") que desfiló por las calles de Londres para anunciar a un artesano de sombreros (215, 148-50, 144). Los Utilitaristas (utilitarians), e incluso sus contemporáneos más ortodoxos, insiste Carlyle, se equivocan al pensar que los problemas del orden socioeconómico pueden resolverse aisladamente del orden trascendental.

El Ateísmo discutido en Pasado y presente, por consiguiente, no es tanto una cuestión teológica sino una cuestión de orden moral. Carlyle lamenta el argumento de que la economía determine el orden social fundamental porque sugiere que la economía es moralmente neutral, movida por el interés propio sin respetar los valores sociales o el sentido de la responsabilidad social. Responde que el gobierno que opera sobre la “hipótesis del No-Dios” no puede inyectar la justicia ni la verdad dentro del orden social. El “sentido moral” que hace a los individuos justos y honestos no surgirá desde el interior del orden socioeconómico, sino que debe imbuirse desde arriba bajo la forma de creencias religiosas. El “dinero” ha destruido el “sentido moral” ("moral sense") [111/112], concluye, transformando a “las masas de la humanidad” en “egoístas” que “se separan a sí mismos con una completud triunfante eternamente al margen de sus empleados, pagando al contado ciertos chelines y libras” (194, 189).

Mientras el gobierno, el reino de la política, debería ser el medio por el cual el orden moral trascendental es implantado en el caos de la sociedad humana, la democracia meramente institucionaliza la anarquía social de la economía del laissez-faire (véase 89-90, 153, 214-18). Cuando se deja “libre” al mercado para que se autorregule, los ricos explotan su “poderío” económico con un sentido de obligación moral no superior al de los “Bucaneros y los Chactos”; es la democracia, no la monarquía, la que valida la “Ley del más fuerte” (26; véase 191ff.). El laissez-faire sólo ofrece una “libertad” muy limitada para buscar el mejor trabajo, una libertad que en tiempos de carestía se convierte simplemente en la “Libertad para morir de hambre” (211). Aún más, ya que esta libertad fuerza a los trabajadores para competir entre ellos por el trabajo, genera un profundo “aislamiento social”: “es vivir miserablemente sin saber por qué; trabajar hasta el dolor sin ganar nada; tener el corazón consumido, exhausto, y sin embargo enajenado, apartado… para morir lentamente durante toda nuestra vida, aprisionados en una sorda, inerte e infinita Injusticia” (218, 210).

La intransigencia de los partidos sobre los que Carlyle debate la condición de la cuestión inglesa en el libro tercero, representa el egoísmo fundamental de los individuos que carecen de un “sentido moral”, así como la fragmentación social divisoria que sigue a esta condición social; en el libro cuarto, “El horóscopo”, la audiencia de Carlyle experimenta la conversión que había pedido en el libro primero, constituyéndose ella misma en los capitanes de la industria. Ahora reconoce la autoridad trascendental del narrador y se convierte nuevamente en creyentes dentro del orden trascendental. La unidad resultante del narrador y de la audiencia simboliza la recuperación de la cohesión social que es la precondición para la recuperación del idilio trascendental. Asumiendo su lugar en la nueva jerarquía social, la audiencia, también se convierte en una autoridad y comienza a gobernar justamente, creando una Inglaterra idílica.

Pasado y presente llama a todos los elementos de la sociedad para buscar la reforma, pero específicamente imagina a los líderes del movimiento reformista como a la clase media industrial transformada en los capitanes de la industria. En el libro cuarto, Carlyle representa a los industriales que anteriormente habían buscado justificar su explotación de los pobres conforme descubren su autodegradación moral y la necesidad de un ámbito de valor:

Estoy circundado por la pobreza más absoluta, el hambre, la rabia y la negra desesperación… ¿Qué bien hay en esto? Mis quinientos cueros cabelludos cuelgan aquí en mi tienda india: ¡Cuánto desearía [112/113] haber buscado algo más que cueros cabelludos, rogaría al cielo haber sido un luchador cristiano y no uno Chacto!... Probaré con algo diferente o mi vida dará cuentas ¡de una trágica futilidad! [290-91].

Así, el “sentido moral” se transmite, mediante el narrador profético de Pasado y presente, a los nuevos capitanes de la industria, desplazándose la autoridad trascendental hacia abajo y hacia el exterior, convirtiendo la anarquía en un nuevo orden social. Como consecuencia, los diálogos del libro cuarto enfrentan a los reformados capitanes de la industria en contra de los Bobuses sin reformar, más que a Carlyle contra sus contemporáneos (291). En lugar de defender el status quo, los hablantes de esta nueva clase buscan reformar Inglaterra, aguijoneando al gobierno para que actúe, rechazando las exigencias de los intereses creados y denunciando la creencia de que “no hay nada salvo un hambre de buitres por vinos exquisitos, la reputación de los ayudantes de cámara y los carruajes dorados” (268; véase 257, 262, 267): de igual modo que Teufelsdröckh descubre que su vocación es “Dejar de ser un caos para ser un mundo”, crear “Luz” para que estos “trabajadores” sean mandados para “hacer la luz”, y crear un “mundo verdemente florido” que recupere el idilio perdido de “inagotable abundancia” debido al sortilegio que aparece en el párrafo que abre Pasado y presente (SR, 197; PP, 293-94, 7).

Pasado y presente continúa donde Cartismo había fallado porque no pretende enmarcar sus argumentos dentro del discurso de la economía política sino utilizar la retórica de la religión para fundar un discurso opuesto de valor. Más que simplemente proporcionar una crítica sobre la sociedad contemporánea, Carlyle es capaz de crear una visión sobre un orden social alternativo. Comprendió que su audiencia había consentido en que sus creencias religiosas fueran separadas de su vida diaria en el mundo de la industria, y Pasado y presente fue su muestra de crítica social más efectiva precisamente porque creó un discurso ético poderoso y relativamente coherente que bebía de la retórica religiosa con la que su audiencia estaba familiarizada, y la aplicó a las circunstancias de sus vidas diarias. Sin embargo, Pasado y presente tiene éxito en parte sólo a la hora de reconciliar los ámbitos de la religión y de la economía, puesto que imagina una vía de escape del mundo comercial hacia el idilio trascendental. Lo consigue parcialmente fortaleciendo el discurso ético ante el discurso económico, pero es su modo visionario el que le permite seguir siendo poderoso. En aquellos momentos en los que Carlyle presenta su visión como un proceso social e histórico, se vuelve hacia la fuerza política más que hacia la creencia religiosa para lograr el idilio trascendental.

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Pasado y presente privilegia la producción material sobre la cultural, el “trabajo hecho” sobre la “palabra hablada” (160). Mientras que en [113/114] los escritos anteriores de Carlyle, los mitos culturales habían sido los medios a través de los cuales la acción se impregnaba de un orden moral trascendental, ahora la creencia se hace posterior a, y como un florecimiento de, la actividad dirigida por lo trascendente. Las “antiguas épicas” escritas en papel han “dejado de ser posibles”, de modo que la épica inglesa debe ser “escrita en la superficie de la tierra” (293, 159; véase 176; CME, 4: 171-72). Cuando Carlyle se refiere ambiguamente a “[esta tierra inglesa]”, las connotaciones de la nación y de la cultura omiten las connotaciones de la tierra física y de la agricultura (134). En vez de ser una expresión de convicción que transfunde el mundo, haciendo de él un idilio, éste es un producto del trabajo que literalmente construye un “mundo verdemente florido”. Sólo gracias al trabajo, escribió en alguna otra parte, se puede encontrar la “salvación” (Faulkner, 157).

Por todo Pasado y presente así como por los escritos posteriores de Carlyle, la reclamación de la tierra y la agricultura son las formas privilegiadas de trabajo, coincidente con el acto creativo aborigen, la creación del mundo por parte de Dios en el Génesis (especialmente Gén. 1: 9-11). El paralelismo con el Génesis sugiere que el trabajo como actividad creativa continúa el proceso por medio del cual el mundo material se infunde del orden trascendental (véase PP, 134-35). En el capítulo titulado “Trabajo”, Carlyle típicamente representa el trabajo como la transformación de un “pantano pestilente” donde la tierra y el agua se mezclan en “un verde y fecundo prado con su arroyo que fluye limpiamente” (97). Estas metáforas implican que las producciones del trabajo agrícola (el terreno arable) son permanentes, mientras las producciones del trabajo cultural (los textos religiosos o literarios) son efímeras.

Las representaciones de Carlyle sobre los “Capitanes de la industria” deben mucho a su entusiasmo por los hombres que condujeron afuera a los “pobres y hambrientos burros de carga” para encontrar nuevas colonias y para asentarse en nuevos territorios (CL, 9: 395). Su apoyo a los proyectos de emigración y de colonización en Cartismo y en Pasado y presente está íntimamente ligado a su visión de la creación como la colonización de un terreno baldío. Partiendo de su descripción del trabajo creativo como construcción tipo puente, describe la emigración como un “puente” hacia un nuevo mundo, un puente que funciona como un vínculo entre lo terrenal y lo trascendental (PP, 263; véase CL, 9: 97). Sus escritos distinguen dos tipos de emigración, la transformación de la tierra infecunda en un paraíso y el descubrimiento de El Dorado al final del viaje. El primero es preferible porque el proceso de búsqueda de un idilio, de un trabajo, crea el mismo idilio, mientras en el segundo caso, el proceso del viaje sólo sirve para posponer el logro de tal objetivo. Teufelsdröckh, como el Lothario de Goethe, descubre que la busca del idilio ya conquistado nunca finaliza porque uno viaja interminablemente desde un idilio ilusorio [114/115] a otro. Descubriendo que su “América” está “aquí o en ninguna parte”, ambos se vuelven hacia la creación del idilio esforzándose en “el deber más próximo” (SR, 196; véase WM, 2: 11). Carlyle, que cada vez se sentía más inclinado a asociar la escritura con la caza infinita del establecido El Dorado, contempló partir él mismo para producir “pan” en uno de los “lugares infértiles de… la tierra” en vez de proseguir con la infructuosa labor de la escritura (CL, 9: 395; véase 6: 372-73, 8: 14).

Sin embargo, la descripción de Carlyle del esfuerzo físico de los trabajadores que faenan para hacer la tierra arable se transmuta sutilmente en un argumento para coaccionar físicamente a los trabajadores a que se comprometan en esta actividad. El movimiento desde la producción cultural a la agrícola en Pasado y presente, como el desplazamiento desde la creencia hasta la ley, implica una transición desde la imposición de la creencia hasta la de la obediencia. Mientras Carlyle utiliza la metáfora de la batalla sólo para retratar la lucha de la nación como un todo con la mira de crear el orden social, no entraña la coerción ni la compulsión, pero cuando la aborda más literalmente como la conquista de nuevos territorios, comienza a legitimar la supresión imperialista y las mismas motivaciones comerciales que pretendió excluir. Los capitanes de la industria no sólo convierten las tierras infecundas en pastos fértiles, sino que pueden forzar a otros a unírseles en la tarea (267). Como las metáforas de Carlyle clarifican, concibe a los capitanes de la industria primeramente como a capitanes militares luchando “la única guerra verdadera” en contra de la “anarquía” social (271; véase 270-72). Como los críticos del nuevo orden desde Coleridge hasta Tennyson, insiste en que la prosperidad aparente de la nación oculta la negación de un orden social justo, la realidad de la guerra social en la que el comercio grita, “Paz, paz, donde no hay paz”. En este cometido, batallan no sólo frente al caos primordial de la geografía sino frente a la anarquía de la humanidad, “Organizando el trabajo” para someter a “la desconcertada masa” en “una masa firmemente reglamentada” (272). El capitán es un “valiente capitán marino”, como Cristóbal Colón, que “severamente reprime” a su tripulación amotinada para descubrir una América idílica, o un arquitecto (recuerden la metáfora del albañil) como Christopher Wren que organiza “a los albañiles insurgentes y a los peones de albañil irlandeses” (199, 198; énfasis añadido). En el análisis final, el capitán de la industria no se parece tanto al clérigo medieval, el abad Sansón, como al general puritano Oliver Cromwell, a quien Carlyle llamaría “un fuerte y gran capitán” (OCLS, 4: 173). Se puede ver retrospectivamente que incluso el éxito de Sansón dependió del uso de la fuerza; caballeros pendencieros y monjes recalcitrantes lo obedecieron no porque compartieran sus creencias, sino porque los amenazaba con la “excomunión” (PP, 104). [115/116]

Sansón y los capitanes deben usar la coerción porque ellos, como los héroes que siguen a Odín, son tardíos. Aunque Sansón es un hombre de acción, un constructor de iglesias, no puede duplicar el acto creativo de San Edmundo cuyo “ideal… levantó un monasterio”; no crea un nuevo idilio, simplemente reconstruye el ya existente (61, 63, 121). San Edmundo pertenece a los “Comienzos”, la era intemporal antes de que la historia comenzara; para cuando Sansón llega, el ideal que San Edmundo realizó inicialmente lleva enterrado tres siglos de historia (131-36). Sansón hace regresar al monasterio a sus principios, pero no puede plenamente escapar de la historia. El héroe tardío, incapaz de imponer las creencias, debe recurrir a la fuerza para obligar a la obediencia.

Carlyle representa mediante Sansón sus propios sentimientos de retraso, su angustia ante la incapacidad de lograr nada. Sansón puede al menos edificar iglesias; Carlyle sólo puede escribir libros. Aunque Sansón parece gastar más tiempo levantando iglesias que fe religiosa, por lo menos comparte su fe con los monjes a quienes guía. Carlyle únicamente puede imaginar un espíritu comunal característico en su visión del futuro. Por el momento, no existe una creencia compartida. Además, duda sobre su poder para modelar el futuro. Por una parte, imagina que, convirtiéndose en “un sacerdocio real y no virtual”, los hombres de letras pueden jugar un papel en la recuperación de la creencia. Por otra, el futuro que supone es aquel en el que se debe renunciar a la escritura para comenzar a actuar (29, 89). Mientras que lucha por hacer de la escritura una forma de acción, por aguijonear a sus contemporáneos para que creen el futuro concebido en la conclusión de Pasado y presente, es consciente de que su libro sólo puede representar y no producir, tal cambio revolucionario: “¡Sería absurdo esperar que cualquiera de mis prédicas pudiera abatir el Mammonismo, que Bobus de Houndsditch amara menos sus guineas o más a su pobre alma!” (290). Carlyle teme que en vez de generar acción, Pasado y presente pudiera estrictamente posponerla. Paradójicamente, el idilio en el que se descansa del trabajo sólo puede crearlo el trabajo. Como Sansón, que nunca puede completamente recuperar el idilio que busca restaurar, y nunca puede “descansar”, Carlyle necesita “trabajar para mantener su corazón en paz” (PP, 103; LL, i: 182; énfasis añadido). Aunque persistentemente advierte a sus lectores de que abandonen la escritura y frecuentemente habla de dejarla él mismo, sus propios escritos le obligan a continuar, cada palabra llamando al nacimiento de otra: “Parece que vivir no tiene ningún sentido”, escribió a su hermano, “si no es el de escribir o el de prepararse para ello” (CL, 11: 163) [116/117].


Actualizado por última vez el 6 de julio de 2004; traducido el 30 de julio de 2012