Si Thomas Carlyle simboliza de diversas formas la primera generación de eminentes victorianos, lo mismo hace John Stuart Mill, al que Emery Neff vio como su otro gran representante (Neff, 1964). Carlyle fue un portavoz de la religión (no de la ortodoxia, claro, sino del misterio y la sumisión). Su salvador era Goethe. Mill, por su parte, era la voz de la razón, del apetecible utilitarismo, y de la libertad domesticada. Aun desde su perspectiva muy distinta, Mill también había sufrido una experiencia de conversión precedida por un deseo de no ser. Su salvador sería Wordsworth. Clínica y aparentemente inconsciente, Mill cuenta su crisis “en su historia mental” en el famoso quinto capítulo de su Autobiografía. Desde una edad temprana él tenía “un objetivo en la vida: reformar el mundo”. Sin embargo, en 1826, tras una crisis nerviosa, se preguntó si podría ser feliz cuando todos sus objetivos sociales se cumplieran, y si se realizasen todos los cambios institucionales y de opinión que esperaba. Una “irreprimible consciencia de sí mismo claramente contestó “¡No!”, y el corazón de Mill se hundió. “Un árido, pesado desaliento, y la melancolía siguieron en el invierno de 1826-27” (Mill, Autobiography; 90). Mill caminó a través de ese invierno aturdido, amortiguado y mecánico hasta que la vida se hizo insoportable. “Frecuentemente me pregunto”-dice-“Si podría, o si estaba obligado a seguir viviendo, cuando la vida debería pasar de esta manera. Generalmente me respondía que yo no creía que podría soportar más de un año” (A, 91).

Mill deja claro que no podía consultar a su padre en su crisis porque su famoso educador, contratado para hacer de él un prodigio racionalista y Benthamita – no permitía ese estado de nervios. No obstante, Mill encontró auxilio en dos hombres de letras. Las Mémoires de Marmontels le llevaron a echarse a llorar de alivio cuando leyó la muerte del padre. Este muy discutido gesto de Mill es normalmente interpretado como un deseo de muerte freudiano hacia el represivo James Mill, un deseo tan desapercibido por el joven Mill, que era libre de escribir abiertamente sobre él. Sin embargo fue también un movimiento fuera de la trampa de un sistema de pensamiento limitado, como Mill decía que era. Curiosamente, el alivio ofrecido por Marmontel conduce a Mill a la comprensión Carlyneana de que la felicidad no se encuentra buscándola, sino que aparece en el camino mientras uno persigue otro fin: Mill denominaría más tarde a esta concepción “la teoría de la anti-consciencia de uno mismo de Carlyle”. Así Mill rechaza las constricciones autodestructivas [31/32] del ***Benthanismo pero, victoriano como es él, descubre una manera de calmar los anhelos sin matarse a sí mismo. La poesía de Wordsworth completa la cura de Mill, convenciéndole de que el cultivo de sentimientos puede ir emparejado con la preocupación del “destino común de los seres humanos” (A, 96). Por el contrario, Byron solo aumentaba su depresión, por ser un estado mental muy parecido al suyo.

Exactamente por qué alcanza Mill el punto muerto en 1826 nunca está realmente claro en la Biografía. A. W. Levi está convencido de que la culpabilidad sobre un deseo de muerte para su padre es la razón (86-101), y el punto de vista de Gertrude Hiturnelfarb dentro el “otro John Stuart Mill” prueba la teoría de Levi (Himmerfarb, ch. 4). Himmerfarb se refiere a una segunda crisis mental en 1835 cuando Mill sufre dolor en el estómago y en la cabeza, infección, y severos tics musculares en la cara. Todos estos síntomas le suceden después de que James Mill caiga enfermo, y todos ellos desaparecen cuando el mayor de los Mill muere. La segunda depresión de John Stuart Mill no es analizada en su Autobiografía, lo que podría indicar que las crisis jóvenes como las de Carlyle y Mill estaban más aceptadas por los victorianos que las que vendrían más tarde. Los victorianos no querían creer que las experiencias de conversión no resolvían las crisis de la vida de una vez para todas.

Como Carlyle, Mill se refiere a la voluntad en su discusión del abatimiento en la Autobiografía. Tras recordar cómo su carácter parecía haber sido formado por “circunstancias antecedentes” que le aplastaron y asfixiaron, Mill dice que reflexionó

Dolorosamente en el asunto hasta que vi la luz. Percibí que la palabra Necesidad, como un nombre para la doctrina de Causa y Efecto aplicada a la acción humana, conlleva una asociación engañosa, y esta asociación fue la fuerza operativa en la influencia depresiva y paralizante que experimenté. Vi que nuestro carácter está formado por circunstancias, y que nuestros propios deseos pueden hacer mucho para modelar esas circunstancias, y lo que es realmente inspirador y ennoblecedor en la doctrina del libre albedrío, es la convicción de que tenemos un poder real sobre la formación de nuestro propio carácter, que nuestra voluntad, por influencia de algunas de nuestras circunstancias, puede modificar nuestros futuros hábitos o capacidades de lo dispuesto. [A, T09]

La teoría de la necesidad dejo de oprimirle y aprendió el difícil arte victoriano de adherirse religiosamente a un sistema único. Como Carlyle, Mill siguió ofreciendo su perspicacia a otros a través de escritos. Como él dijo “el tren del pensamiento que me liberó de este dilema, me pareció, en años posteriores, preparado a prestar un servicio similar a otros, formando parte del capítulo de Libertad y Necesidad en la conclusión del libro de mi “Sistema de Lógica” ” (A, 110). El suicidio nunca se convirtió en el tema de otros escritos de Mill. En On Liberty evitó totalmente [32/33] el asunto de la libertad fundamental a tener su propia vida. Argumentando que una legitimad puede hacer lo que sea excepto hacer daño a otro individuo o al público, él llevó su argumento tan lejos como la esclavitud. Desde que la libertad individual que deseaba, Mill insistió en que si uno fuera a venderse a sí mismo como esclavo, estaría moviéndose contrariamente a los deseos humanos básicos. “El principio de libertad no puede requerir que se deba sea libre sin ser libre” (Mill. 1975; 95). Si bien podía lógicamente haber extendido su argumento al suicidio no lo hizo. Lo que hizo, sin embargo, fue volver a la cuestión de la felicidad en su ensayo de 1861, Utilitarianism, y dar una indicación de por qué el suicidio no era un tema apropiado para sus ensayos. Incluso en la versión revisada, el utilitarismo está basado en la persecución de la felicidad, una felicidad condicionada por la “anti-consciencia”. Destaca que incluso si no fuera así, el utilitarismo al menos estaría ligado a “la prevención o mitigación de la infelicidad”, mayormente necesitada para la humanidad “al menos tanto tiempo como la humanidad considere conveniente para vivir, y no refugiarse en el acto de suicido recomendado bajo condiciones certeras por Novalis” (Mill, 1966; 164). El suicidio, por tanto, mina al utilitarismo y Mill seguirá un utilitarismo modificado hasta el final.


Última modificación octubre de 2000 y traducido en 22 de marzo 2012